Quienes por aquel entonces pensábamos dedicarnos a ejercer la profesión abriendo una oficina nueva de farmacia, sabíamos bien que teníamos que irnos a las huertas de las afueras. Claro, una cosa eran las afueras y otra establecerme junto a un vertedero de basura monumental, al lado de las vías del tren y rodeados de fábricas y de chabolas por todos los lados. Cuando llevé a mi novia a ver el sitio, no dijo ni palabra de la impresión que se llevó. Y eso que no le conté nada de que en ese mismo sitio un año antes habían matado a un mangüi chafándole la cabeza con un pedrusco.
Con toda la ilusión juvenil adecuamos el local, con su mostrador y mobiliario de madera de pino Oregón, vitrinas, estanterías, despacho, almacén y laboratorio. La apertura, el 5 de mayo de 1978, fue una fiesta familiar para todos. Bueno para casi todos, pues el titular nunca había estado por detrás del mostrador de ninguna farmacia ni de cualquier otro tipo de establecimiento comercial. Don Agustín Llopis, como inspector provincial, oficializó el acto de apertura, y nos animó a trabajar de firme.
Buena falta nos hicieron aquellos ánimos. Ignorantes de los entresijos de la profesión, poco a poco la fuimos aprendiendo. Me admiro hoy de aquel atrevimiento. Ignoraba los nombres incluso de los específicos más comunes. Súmese a todo esto, la dificultad para descifrar los jeroglíficos donde los médicos dejaban en sus prescripciones de las recetas. Siempre ha habido galenos de mala letra, pero si le añades la ignorancia de la farmacopea más habitual, el resultado eran dudas que se acaban resolviendo devolviendo las recetas al médico. Lo resolvía tanteando al cliente hasta averiguar la forma farmacéutica que buscaba en cada caso e irme al estante correspondiente, donde los tenía allí todos bien ordenados alfabéticamente.
Así ante una demanda cualquiera, por ejemplo de Momentol®, sondeaba discretamente si se trataba de: “¿En pastillas o en jarabe?”, pues solían ser las formas farmacéuticas más habituales. En este caso, siempre eran supositorios. Ya recordarán, uno de tantos preparados a base de Trimetropin y Sulfametoxazol, Starki & Hutch según la denominación coloquial de la época, en recuerdo de la pareja inseparable de investigadores privados de la serie televisiva americana, luego llevada a la pantalla grande.
Añadan a todo esto mi ignorancia del idioma valenciano. Aunque en este sentido gracias a Dios y a la bondad del vecindario que siempre fue comprensivo con mis orígenes turolenses, no tuve apenas problemas. Bueno, alguno si que hubo. Recuerdo a cierta anciana un poco cascarrabias, creo que era la abuela de los Barberá, siempre con su moño en el pelo, que un buen día se acercó al mostrador para pedirme: Doneme cotó’n pel. La contestación surgió espontánea, automática: “¿En pastillas o en jarabe?”. Me miró un rato sin decir palabra como si fuera un extraterrestre que estaba vacilando. Por fin me soltó como un escopetazo: - Però quina classe de botica es aquesta que desconeix l’algodó? Pasó el trago y, al final, me hice amigo de aquella buena señora a quien recuerdo en su obesidad siempre con el mandil y el delantal oscuro.
Con el tiempo aprendí a sortear estas dificultades idiomáticas, y ya no metí tanto la pata. Y eso que no me faltaron buenas oportunidades para meterla de nuevo. No resisto la tentación de contar otra anécdota referida en esta ocasión a la demanda lacónica de: - Dóneme un “parxe” per al pit. Como la ignorancia es muy atrevida, pensé primero en ese tipo de productos sanitarios vinculados a la siempre conocida marca de Durex®. Pero la edad avanzada de la demandante me hizo afinar en el sondeo, y me limité a comentar discretamente: ¿Lo quiere grande o pequeño? Afortunadamente se limitó a contestar: – D’aixòs de Sor Virginia. Lo que definitivamente descartaba a los preservativos a favor de los parches pectorales de Sor Virginia …
No eran tiempos buenos para la lírica. Hoy, cuando todos tenemos en casa media docena de teléfonos entre fijos y móviles, o más, ordenadores, modems, etc., es difícil entender lo que nos supuso estar más de dos meses con la farmacia abierta, con las faltas correspondientes que la inexperiencia aumentaba … y sin teléfono para hacer los pedidos. Sin comentarios.
Prácticamente en los mismos meses abrimos establecimiento en la barriada el Bazar del Señor Salvador Micó, Ca’Sento y nuestra farmacia. Otra cosa era tratar de explicar la situación nuestro establecimiento, siempre difícil de hacerlo comprender empezando por los propios cartones de guardia. Que si la calle es paralela a la Avenida del Puerto, que si está cerca del paso a nivel de la calle Islas Canarias, que si detrás del antiguo Cine Levante … Hoy lo tenemos mucho más fácil. Con decir que está al lado de Ca’Sento, todo arreglado. Claro que tampoco este famoso restaurante era lo mismo que ahora. También Mary y Sento se lo han currado hasta levantar el establecimiento que hoy regenta su hijo Raúl, en todas las guías Michelín habidas y por haber.
Fueron años de trabajo en solitario, por supuesto, pero también con la ayuda siempre de mi esposa y con el cariño de todo el vecindario, formado funda
mentalmente por matrimonios jóvenes que vivían fundamentalmente en las fincas de la calle Isaac Peral. Por cierto, que estuvo un montón de años cerrada a la altura del Bazar, lo mismo que la de Méndez Núñez tenía también tapiado el acceso a la vía por elementales medidas de seguridad.
